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Entramos al portal de su casa. Mientras nos abrazábamos, me
susurró al oído sensualmente: "Ahora te voy a hacer disfrutar como nadie lo ha
hecho nunca...".
Siempre aprovecha el ascensor para empezar a ponerme caliente.
Mientras subíamos, me acorraló en la pared, acercó sus labios a los míos y, muy
delicadamente, introdujo su lengua en mi boca. Le agarré por la cintura y
respondí a su cada vez más lascivo morreo. Entonces me rozó disimuladamente el
paquete con una mano; joder, me encanta cuando hace eso, me pone a mil, y él lo
sabe.