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MONTANDO A LO SUCIO Y SIN PUDORES 2
Charli y yo permanecíamos atentos a la escena que aquella videocámara estaba grabando. Fernando estaba frente a Álvaro, el guapo malagueño de 25 años. Según había leído en su dossier, el chico se dedicaba a la prostitución tanto masculina como femenina, así que aquello del campeonato era puro vicio, ambición y deformación profesional. —Estoy deseando ver eso que nos quieres enseñar, míster —le provocó el chico a su instructor. —Ahora mismo —sonrió el madurito. A sus 48 años, pude comprobar que Fernando no se conservaba nada mal. Comenzó a desabotonarse su blanca camisa y dejó al aire un pecho cubierto de ralo vello. No podía esconder su naciente barriga ni sus gordas tetas a causa del metabolismo que llega a cierta edad, pero seguía teniendo un cuerpo magnífico. Esto pude corroborarlo cuando se bajó el pantalón y se quedó tan sólo con unos bóxers ajustados que le marcaban un culo enorme y redondo. Mi polla estaba a mil por hora, y me preguntaba si la de Charli, el asistente del equipo e hijo de Fernando, estaba igual que yo. A punto de morir de infarto estaba cuando Álvaro aplastó todo el paquetón de Fernando con su mano y le fue imposible abarcar. Pensé que se me saldría el corazón por la boca cuando el maduro instructor se bajó el calzoncillo y nos dejó ver aquella especie de anaconda fláccida que apuntaba maneras. Un capullazo bien grueso estaba cubierto por el prepucio y escondía la cabeza de ese bicho que, en estado de relajación, debía de medir unos 12 cm de largo. Y de ancho, aquella manguera en estado de erección debía de alcanzar el mismo diámetro que un bote de refresco. ¡Era una monstruosidad! —¡Joder! —escuché susurrar al joven andaluz. Su expresión era de contrariedad. No sabía si estaba asustado o más bien excitado ante aquel nabazo propio de un gigante. —No te imaginas lo que pesa una polla tan gorda —afirmó Fernando, meneándosela de forma costosa. —Me lo puedo imaginar —respondió Álvaro. —Ahora arrodíllate y chúpala como sabes hacer. —el chico obedeció. Tomó con sus dos manos el tremendo rabo y lo levantó para llevarlo a su boca—. Primero recorre todo el capullo con tu lengua y después introdúcetela todo lo que puedas. Álvaro hizo lo que le decía el instructor. Retiró el pellejo y con el cipote descapullado intentó metérselo en la boca, pero solo le entró la punta. Aquello era demasiado grande y las comisuras de los labios del muchacho se quedaban tirantes hasta el punto de desgarrarse. —¡Dios! ¡Míster, la tienes tan grande que es imposible! —Venga, ¡Cómetela! —le insistió el madurito, que se sentó en la cama y se recostó hacia atrás. Su vergajo aumentaba en tamaño a un ritmo enfebrecido, poniéndose dura de una forma que yo no creía posible, pues aquella alargada berenjena que el instructor tenía entre las piernas debía de necesitar varios litros de sangre para mantenerse enhiesta. Álvaro hacía un importante esfuerzo para ir arañando centímetros de aquel nabo, por acaudillarlos en el fondo de su traquea, pero no podía por más que lo intentaba, y cuanto más lo intentaba más cachondo se ponía el chaval. Fernando observaba cómo el chico suspiraba cada vez más fuerte, excitado. Era lo que quería conseguir, que deseara tener sus 24 cm de polla en lo más hondo de su garganta. —¿Quieres tenerla toda dentro? —le preguntó el instructor al chico. —Sí —resopló éste liberando aquel ariete de carne—. Aunque es casi imposible. —No, no es imposible. Conozco un buen número de personas que se han tragado mis 24 cm enteros hasta casi asfixiarse. Intentaremos que te entren, ¿de acuerdo? —Sí —asintió el andaluz—. ¡Sería genial! —Muy bien —dijo Fernando poniéndose en pie—. Entonces túmbate en la cama mirando al techo y ponte la almohada bajo la cabeza. Álvaro obedeció. Se echó sobre la cama y se puso la almohada en la cabeza. Entonces Fernando se subió también en la cama, se puso a cuatro patas sobre el malagueño y le acercó su nabazo a la boca. Álvaro capturó la punta entre los labios. El madurito comenzó a empujar sin piedad, provocando que la boca del chico se abriera a más no poder ante el pujante tamaño del gigantesco chorizo que su instructor le proporcionaba. Si separaba un poco más los labios, la mandíbula del andaluz se desencajaría. Llegados a un tope, el chico no pudo más, aunque tampoco dijo a su maestro que le sacara lo que tenía ya dentro, que era más bien poco. —Vamos, cabrón —dijo Fernando—.No tienes dentro ni un cuarto de mi polla. Relájate y deja que te la meta. Esto no es nada comparado con lo que os encontraréis en el campeonato. Y tampoco es nada comparado con las pollas que yo he llegado a tragarme. Cuando te comas el nabo de un caballo de casi cuarenta centímetros, entonces dejaré que te quejes. —¿Él ha hecho eso? —me giré para preguntarle a Charli en voz baja. —Sí —asintió el chico sonriente—. Bastantes veces —resolvió sencillo. No me lo podía creer. ¿Qué locuras y perversiones no había cometido aquel hombre? ¿Tanto valor tenía el dinero que ganaba? —Abre la boca como si quisieras decir "a" —le aconsejó Fernando a Álvaro—. Venga, hazlo ahora. Y nada más decirlo, el chico debió hacer algo porque Fernando empujó con su cipote y éste entro unos cinco centímetros en la garganta del andaluz, que abrió los ojos como platos sin poder contener las arcadas y la tos, pero el cabrón del instructor le agarró de la cabeza y le mantuvo con todo su rabo clavado. El chaval intentó zafarse pero Fernando, con aquellos enormes brazos y la fuerza que debía de tener se lo impedía. —¡Relájate, vamos! ¡Relájate! —dijo al muchacho, pero éste tosía y daba arcadas con la cara enrojecida a falta del aire—. Respira por la nariz y relaja la garganta —continuaba diciéndole el madurito, que de repente puso una mueca de dolor intenso—. ¡Hijo de puta! —chilló, pues Álvaro le estaba mordiendo todo el nabo con un salvajismo increíble. Pensé que me corría encima y sin tocarme, porque fuera de achantarse ante la dentellada del andaluz, Fernando le agarró más fuerte de la cabeza y empujó con su trabuco más adentro, haciendo que otros tres centímetros de rabo se perdieran dentro de la boca del chico. Creí que el pobre Álvaro iba a morir asfixiado, pero el instructor se compadeció de él y le sacó todo su cipote, que salió rojo, lleno de densas babazas blancas y con unas gordísimas venas que parecían a punto de reventar. Álvaro tosió y recuperó el aire como pudo, liberado por fin de aquella anaconda. Por sus mejillas corrían lágrimas y desde la comisura de sus labios colgaban salivazos en forma de hilos. —¡Cabrón! —insultó a Fernando, que le miraba con una sonrisa de satisfacción. —Vamos. Esto sólo ha sido el principio. —Lo sé —dijo el chico—. Vamos. Dame otra vez de esa polla —demandó autoritario al madurito, dejándome totalmente alucinado. Álvaro estiró su mano y sopesó el pesado pollón, lo acarició lo masturbó costosamente a causa de la largura del cimbel y acercándoselo a la boca, a modo de cruel venganza, le soltó un mordisco de impresión en todo el capullo. Fernando, que estaba de rodillas, cayó de culo sobre el colchón muerto de dolor. La dentellada le había pillado totalmente desprevenido. Pero Álvaro continuaba al quite y no había soltado el cipotón del instructor, por lo que moviéndose rápidamente le soltó otro bocado terrible que amorató el capullazo de Fernando. Éste, ni corto ni perezoso, intentando reponerse del dolor de su rabo, enganchó al malagueño del cuello con una mano, con la otra le soltó una ostia en toda la cara y le obligó a abrir la boca. No me digáis cómo, pero Fernando de un empellón le clavó el rabazo hasta la campanilla, haciendo que Álvaro soltara un gemido gutural de dolor que le hizo dar un respingo estremecedor. El maduro, sin perder tiempo, le sacó toda su anaconda y se la clavó una vez más, y después otra y otra, haciendo que el andaluz tosiera, cerrara los ojos para soportarlo y estrujara la colcha de la cama con los puños cerrados y los nudillos blancos. Fernando parecía un toro, bufaba sudoroso, con el rostro enrojecido, follando aquella boca hasta el desmayo, dejando la traquea del chaval como un guiñapo, babeando de forma excesiva, pues profusos salivazos se escurrían por su barbilla y producían un amplio rodal sobre las sábanas. Éste se intentaba desquitar, forcejeando, soltando duros puñetazos en el pecho y el vientre de Fernando, pellizcándole para que le permitiera zafarse, pero el colérico míster no cedía lo más mínimo, mantenía sus bíceps tensos con la cabeza capturada de Álvaro entre sus dos impresionantes manos, estrujándola con ganas. No quería ni imaginar como debía de tener la mandíbula el chico. Cinco minutos después el malagueño estaba desfallecido y Fernando parecía no perder fuerzas, a modo de un henchido Sansón con un nabazo sideral seguía follando aquella boca con unos golpes de cadera capaz de perforar tabiques. Álvaro descansaba sobre la cama, sollozando a cada embestida, sin fuerzas, con el cuerpo fláccido. Su polla hacía rato que había perdido el tesón y la excitación del principio. Ahora reposaba totalmente arrugada y encogida de una forma patética. Fernando le estaba haciendo pagar su altanería y soberbía. No debía haberle dado aquellos mordiscos al instructor en aquel gigantesco capullazo. Siete minutos más tarde, Fernando abandonó al chico, que estaba, literalmente destrozado y sin fuerzas, sobre la cama. Me pareció increíble, pero Álvaro sólo musitaba y se palpaba la mandíbula y la garganta. No debía de sentirlas. —Ha sido un buen comienzo —dijo el instructor, que tomándole entre sus brazos como si el chulo malagueño fuera un niño le acercó a él. Álvaro le miró confuso, casi ido y conmocionado. Tenía los ojos enrojecidos de las lágrimas derramadas con cada arcada que daba, con su irritado esófago a causa de la follada. Fernando le sonrió paternalmente, le acarició la mejillas y le dio un pico en los labios. Volvió a acariciarle el pelo y la nuca y le dejó que reposará sobre su amplio pecho repleto de corto vello. Álvaro, como un muñeco, se abrazó a él, intentado recomponerse de la cruel felación. Fernando recorría con sus dedos la espalda del chico, intentado que se relajara y a la vez pidiéndole una especie de silencioso perdón. Nadie había dicho que aquel aprendizaje o entrenamiento acelerado fuera a ser fácil. —¿Estás bien? —besó la frente del malagueño. Éste asintió y se recompuso, quedando de rodillas sobre la cama. —Ha sido demasiado, míster. Es usted… Es… —no encontraba palabras—. Ha sido la mejor follada de mi vida. Fernando sonrió orgulloso. —Aún nos queda mucho, Álvaro. Y esto no es nada comparado con lo que encontrarás en Bratislava. Ahora será mejor que tomes una ducha tibia y te eches al estómago algún antinflamatorio para tu garganta. —Sí, lo necesitaré —dijo el chico, que rápidamente recogió su ropa, se vistió y se despidió de nosotros, saliendo presto por la puerta. —Muy bien —nos miró Fernando a Charli y a mí, recostándose sobre el cabecero de la cama—. Charli. Ve a llamar a Ignacio —pidió a su hijo y asistente—. Dejaremos a Roger para el final a pesar de que será el más duro y yo ando un poco falto de entrenamiento. Pero bueno, también será con el que más disfrute —me guiñó un ojo. Mi cara de turbación debía de ser un poema. Charli se levantó y salió de la habitación, y allí me quedé, a solas con Fernando, observando su cuerpo, aquella máquina de sexo salvaje y desenfrenado, y su impresionante polla fláccida que reposaba sobre su muslo. Algo en mi interior deseaba que me enganchara en ese mismo instante y me hiciera de todo. Incluida la follada que le había dado a la boca del malagueño. —¿Qué le ha parecido nuestro entrenamiento, señor Márquez? —Llámame Cristian —le pedí tragando saliva y pensando qué contestar—. Y el entrenamiento ha sido… —busqué la palabra— Fabuloso —respondí. Fernando sonrió orgulloso. —¿Está cachondo? —continuó interrogándome. —Sí —solté una risilla nerviosa. —Eso suponía —me lanzó una provocadora mirada—. ¿Tiene algún problema para que me enseñe su polla? La expresión de mi cara se torno grave, quizás seria. No me esperaba aquella petición. —Eh, no. No hay ningún problema —solté con la voz atragantada. Fernando fijó su vista en mi paquete. Me llevé los dedos a la hebilla del cinturón, que liberé sin mayor problema. Después desabotoné el pantalón y lentamente bajé la cremallera. No había llegado al final de ésta cuando Fernando expuso otra pregunta. —¿Tienes una buena polla, Cristian? —No lo sé —dudé—. No está mal. —Muéstramela —se incorporó en la cama, yendo más cerca de mí. Despegué un poco el culo del asiento y me acomodé la polla dura. Sin más ceremonias la saqué empujando la goma de mi calzoncillo, dejándola a la vista de Fernando. La miró fijamente y sonrió. —Tienes un buen pollón —dijo admirado—. ¿Cuánto te mide? ¿17 cm? —Más o menos. —Y es bien gorda y lisa. Me gusta —asentía con la cabeza mientras decía esto—. Y por tu cara podría decir que estás tremendamente cachondo. —Oh, sí —manifesté algo más liberado, compartiendo cierta complicidad con el instructor—. Estoy deseando hacerme una buena paja. —Creo que esto va a ser duro para usted, señor Márquez —volvió a tratarme de aquella forma, no siendo capaz de tutearme. —Un poco —concedí. —Bueno. De rienda suelta a sus instintos, a lo que le pida el cuerpo. —Creo que no puedo hacer eso —le contradije—. Si lo hago es muy probable que no rinda correctamente y no lleve a cabo mis responsabilidades. —Quizás se sorprenda a sí mismo —indicó Fernando, palpándose su fláccida polla con dos dedos—. ¿Qué es lo que le gustaría hacer ahora mismo? —¿Ahora mismo? —le miré con ojos como platos. —Ahora mimo —repitió silabeando concienzudamente las dos palabras. —Pues ahora mismo —me aclaré la garganta—. Ahora mismo me encantaría tener sexo desenfrenado contigo. Fernando soltó una sonora carcajada que me dejó consternado. —Bien, bien —aplaudió divertido. Entonces, y sin previo aviso, estiró su mano y me agarró el cipote con firmeza—. Quizás podamos hacer un entrenamiento especial contigo —sonrió pícaramente—. Pero eso si saco tiempo con los chavales. —Entiendo —respiré agitadamente mientras el maduro instructor manipulaba mi polla, que tenía todo el capullo brillante del líquido preseminal que soltaba a borbotones. Fernando se sentó al borde de la cama, posó su mano libre en mi nuca y me arrastró hacia él. Nos dimos un beso corto y ligeramente húmedo, pues nuestras lenguas entraron en contacto un solo momento. Después, el momento se trunco ante los golpes en la puerta. Precipitadamente me metí el rabo dentro del calzoncillo y me abroché el pantalón y el cinturón, intentando guardar la compostura. Fernando se recostó sobre la cama y me pidió que abriera. Creo que quería impresionar a Ignacio, el chaval de Áviles que con sus 19 tiernos años y su apariencia introvertida era un yogur listo para devorar. Pero viendo sus calificaciones en el proceso de selección, el chico poco menos y era un dios del sexo. Por lo visto tenía un aguante increíble, fruto, probablemente, de sus dedicación al atletismo. Abrí la puerta y apareció Ignacio y detrás Charli. Ambos entraron y yo cerré la puerta. Al llegar a donde estaba la cama estudié curioso la mueca de Ignacio, que no se esperaba ver de esa guisa al míster, totalmente en pelotas, con un rabazo fláccido pero terrible, esperándole. Charli y yo volvimos a nuestras sillas, en silencio. —¿Estás listo? —preguntó al chaval. Éste no dijo nada, sólo asintió. —Bien. Entonces ven aquí conmigo —le llamó el instructor. El chico, se acercó a la cama, se puso a cuatro patas y gateó hasta donde estaba Fernando. Ignacio escaló hasta estar cara a cara con el madurito. Éste le acarició los amplios y marrones bucles del pelo. Lo hizo con ternura, lo que me dejó alucinado. El míster cambiaba de registro como le daba la gana. Después, pegó sus labios a los de Ignacio, rosados y carnosos, que se contraponían a su tez algo pálida y a sus sanos coloretes propios de los chicos del norte. El beso tierno fue subiendo cada vez más en intensidad hasta ser un frenético morreo en el que Fernando sobaba apasionadamente el culo del chaval, metiendo su gran manaza bajo el pantalón del chico, que se frotaba contra aquel gran osete que era el instructor. Si Ignacio tenía una fantasía era la de tener contra su cuerpo a un buen macho como aquel. Y si en vez de uno podían ser 20, mucho mejor. Ignacio tenía un objetivo marcado para aquel campeonato, ser follado hasta perder el conocimiento. Ya no follado. Mejor violado hasta la extenuación por furibundos machos de rabos tan grandes como cañerías industriales. El vergonzoso jovencito escondía dentro de sí más de lo que mostraba y Fernando se iba a encargar de explotar aquel filón. El chico gimoteó remolón cuando el míster le sacó la camiseta, dejando su delgado y blanco torso al aire, sin que ni un solo vello lo mancillara. Ignacio parecía echar de menos los labios de Fernando en aquel breve segundo que se separó de ellos, cosa que le hizo gracia al instructor. El madurito le acarició con ternura, suavizando sus caricias y toqueteos. El cabrón del niñito aquel se la estaba poniendo dura como el acero. ¡Menudo hijo de puta! Estaba deseando meterle todo su cipote hasta que aquel chavalín de Avilés le pidiera que por favor parara. Claro que, él no se detendría. Le iba a petar el ojete hasta reventarle. |
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